
Viajar solapor Asia
La pregunta no es si es seguro. La pregunta es otra, y no se dice en voz alta.
La pregunta que no se hace en voz alta
Cuando una mujer dice que quiere viajar sola por Asia, la gente pregunta siempre lo mismo: si es seguro.
Esa no es la pregunta.
La de verdad es la que nadie dice en voz alta. La que aparece a las tres de la mañana, mirando vuelos que todavía no se compran.
¿Y si no soy capaz?
No es miedo a que pase algo. Es miedo a descubrir que no eres quien creías. A llegar allí y darte cuenta de que te agobia, de que no sabes, de que quieres volver.
Ese miedo no sale en ninguna guía. Y es el único que frena de verdad. Yo lo sé porque lo he tenido.

Empecé por las montañas
Me apunté a una ruta de senderismo sin creer que fuera capaz de terminarla. No era falsa modestia: de verdad pensaba que a mitad de camino tendría que volverme. Que los demás seguirían y yo no.
Terminé. Con mucho esfuerzo, la última hora casi sin hablar, pero terminé.
Volví a ir. Y otra vez. Y cada vez que llegaba arriba pensaba lo mismo: merece la pena seguir.

El miedo no siempre intenta detenerte.A veces solo quiere comprobar cuánto deseas vivir algo.
Los miedos, uno por uno
Antes de seguir con mi historia, hablemos de los tuyos. Porque probablemente son los mismos.
La primera noche es la peor. Siempre.
Llegas de doce horas de vuelo, es de madrugada, el taxi te deja en una calle que no se parece a nada que hayas visto y hay un olor que no sabes identificar. Subes a la habitación. Cierras la puerta. Compruebas el pestillo. Y lo compruebas otra vez.
Te sientas en la cama sin deshacer la maleta y piensas: qué he hecho.
Le pasa a todo el mundo. No es señal de haberte equivocado: es lo que hace el cuerpo cuando le quitas de golpe todas sus referencias.
Comer sola incomoda más de lo que parece
Entras en un restaurante, te sientan en una mesa para dos, retiran el segundo cubierto. Y de pronto no sabes qué hacer con las manos.
Sacas el móvil. Le escribes a alguien que no necesita que le escribas. Miras fotos que ya has visto tres veces.
Y un día se te olvida sacarlo. Estás comiendo, mirando la calle, y no estás esperando nada. Ese día es un antes y un después.
Te vas a perder. Es matemático.
En Bangkok, en Hanoi, en Kandy. Vas a coger el autobús equivocado, vas a salir del metro por la boca contraria, vas a caminar veinte minutos en la dirección opuesta con una seguridad admirable.
Y no va a pasar nada. Porque perderse en Asia significa casi siempre que alguien se acerque a preguntarte si necesitas ayuda antes de que a ti te dé tiempo a pedirla.
Ponerte enferma lejos de casa
Este miedo es legítimo y merece una respuesta seria. Puede pasar, y estar enferma sola en un país donde no hablas el idioma es duro. No lo voy a adornar.
Lo que no se sabe: un hospital privado en Bangkok te atiende en veinte minutos por una fracción de lo que costaría en Europa. Un seguro de viaje decente cubre el resto.
El miedo es real. La consecuencia, casi siempre, mucho menor de la que imaginas.
Que te pase algo y no haya nadie
Este es el fondo de todos los demás. Y la respuesta honesta es que sí, hay un riesgo. Menor que el de conducir por autopista un viernes por la tarde, pero existe.
Lo que reduce ese riesgo no es el miedo: es la información. Saber qué zonas evitar de noche. No coger transporte no oficial. Tener el alojamiento reservado el día que llegas.
Cosas concretas. Aprendibles. Que no dependen de tu carácter.
Y la mirada de los demás, que no ocurre allí sino aquí
«¿Vas sola?»
Con esa cara. La de tu madre, la de tu jefe, la de la amiga que lo dice como preocupada pero que en realidad te está diciendo otra cosa.
Ese peso es real y a veces cuesta más que el viaje entero. Se disuelve exactamente en el momento en que subes al avión.
La gente te dice «qué valiente eres», pero la verdad es que yo me fui muriéndome de miedo. La valentía no es no tener miedo: es subirte al avión con las piernas temblando.
Y de pronto se te olvida sacar el móvil
Estás comiendo, mirando la calle, y no estás esperando nada. No hay nadie al otro lado del teléfono a quien tengas que contarle dónde estás ni con quién.
Ese es el momento exacto en que el viaje deja de ser un reto y empieza a ser tuyo.

Y entonces la ciudad deja de dar miedo
El ruido de Bangkok al principio abruma. Pero a los tres días entiendes el código: detrás del caos de las motos y los neones hay una calma absoluta en las sonrisas de su gente.
Y te das cuenta de algo incómodo y liberador a la vez: buena parte del ruido que te agobiaba lo llevabas puesto de casa.

La mayoría de los límites no están en el mapa: están en las conversaciones que tenemos con nosotras mismas.
Mi miedo no era no saber
Sé nadar bien. Muy bien.
Y aun así, el mar abierto me daba pánico. No el mar: el mar abierto. Alejarme de la orilla lo suficiente como para no poder volver de dos brazadas.
Si estás leyendo esto pensando que no viajas sola porque no sabrías apañártelas, párate un segundo. Puede que sepas perfectamente. Puede que el problema sea otro, y que se llame de otra manera.

Ellas ya lo hicieron
Mucho antes de que existieran los vuelos baratos, el seguro de viaje y Google Maps, hubo mujeres que se fueron solas cuando hacerlo no era valiente: era impensable. Esto no son frases bonitas. Es lo que hicieron.
Dervla Murphy
Irlanda — India · 1963El día que cumplió diez años le regalaron una bicicleta y un atlas. Decidió que iría pedaleando hasta la India.
Veintiún años después lo hizo. Salió en enero, con Europa entrando en su peor invierno en ochenta años, y cruzó Persia, Afganistán y Pakistán. Sola. Llevaba una pistola y en Irán tuvo que usarla para espantar a unos ladrones.
Alexandra David-Néel
París — Lhasa · 1924Quiso entrar en Lhasa, la ciudad prohibida del Tíbet, cuando ninguna extranjera lo había conseguido.
Caminó dos mil kilómetros durante ocho meses disfrazada de mendiga: piel teñida con hollín, pelo con tinta china, viajando de noche. Hubo tramos en los que comieron cuero hervido de sus botas.
Tenía cincuenta y cinco años. Vivió hasta los cien.
Ida Pfeiffer
Viena — el mundo · 1842Se casó a los veintidós con un hombre veinticuatro años mayor, elegido por su madre. Pasó dos décadas siendo esposa y madre.
A los cuarenta y cinco anunció que se marchaba. Tuvo que mentir y decir que iba de peregrinación: una mujer viajando sola por gusto era inaceptable. Dio la vuelta al mundo dos veces.
Freya Stark
Persia — Arabia — HimalayaAprendió árabe y persa para viajar sola por sitios donde no había estado ninguna europea. Encontró el Valle de los Asesinos y corrigió los mapas militares británicos: le valió la Medalla de Oro de la Royal Geographical Society.
A los ochenta y uno cruzó a caballo pasos del Himalaya a cinco mil metros. Murió con cien años.
Isabelle Eberhardt
Ginebra — Sáhara · 1897Se fue al norte de África con veinte años y no volvió nunca. Se convirtió al islam, se cortó el pelo, cambió el vestido europeo por una chilaba y recorrió el desierto bajo el nombre de Si Mahmoud Essadi.
Murió a los veintisiete, arrastrada por una riada en pleno desierto.
Y todas las demás
Las que no salieron en los librosPor cada una de estas cinco hubo decenas que hicieron lo mismo y de las que no queda ni el nombre. Mujeres que se fueron sin permiso, sin dinero y sin nadie a quien contárselo al volver.
La historia de viajar sola no empieza contigo. Pero puede seguir.
Ninguna tenía móvil. Ninguna tenía a quién llamar. Ninguna tenía a nadie esperándola al otro lado con la habitación reservada.
Pilar Tejera
Historiadora madrileña. En 2008 creó mujeresviajeras.com y la editorial Casiopea con un objetivo concreto: rescatar del olvido a las viajeras del pasado.
Si hoy conocemos los nombres de las cinco mujeres de arriba, es en buena parte gracias a su trabajo.
El día que salí sola
Toni me regaló una tabla de paddle surf. Se me da bien, muy bien de hecho. Lo único que me faltaba era poder alejarme de la orilla, que era exactamente lo que no podía hacer.
Empezamos yendo juntos. Él al lado. Comprobando —yo, no él— que se podía. Que la tabla aguanta. Que si pasa algo, pasa algo y ya está.
Y un día, con el mar en calma, decidí ir a investigar la costa por mi cuenta.
El miedo no desapareció. Se transformó. Lo que hasta ese momento era una alarma se convirtió de golpe en energía, en ganas, en estar mejor que nunca.

El mar dejó de ser una frontera
Después de aquel día volví muchas veces. Sola, con el mar en calma y sin pensarlo demasiado.
Y lo que aprendí ahí me sirvió para todo lo demás: el miedo no se vence de una vez. Se va haciendo pequeño cada vez que compruebas que se podía.

La confianza no aparece antes de viajar. Aparece porque viajas.
Lo que sí es verdad
Un artículo que solo tranquiliza no sirve de nada. Así que voy a decirte lo que es cierto.
Es más caro
No hay con quién dividir la habitación, el taxi, el guía. Entre un 20 y un 40% más, según el destino.
Exige precauciones que otras no toman
Volver antes de noche a según qué zonas. Ser más selectiva con el alojamiento. No es alarmismo: es criterio.
La soledad existe y a veces pesa
No todo son amaneceres. Hay tardes en las que darías lo que fuera por comentar lo que ves con alguien que lo entienda.
No todo el mundo disfruta yendo en solitario
Y no pasa nada. Hay quien necesita compartir para disfrutar. Yo soy de esas, y me costó un viaje entero descubrirlo.

Lo que nadie cuenta y es cierto
Viajar sola no significa estar sola
Es la paradoja que nadie explica: la gente que viaja acompañada habla mucho menos con desconocidos. Cuando vas sola, todo el mundo te habla.
Asia es más segura de lo que se cree
Los índices de criminalidad violenta en Tailandia, Vietnam o Sri Lanka son más bajos que en muchas capitales europeas. El problema no suele ser la violencia: son los timos menores, y se aprenden en dos días.
El cambio llega antes de lo que piensas
Suele ser al tercer o cuarto día, y siempre es algo pequeño. Pedir en un idioma que no hablas y que te entiendan. Darte cuenta de que llevas tres horas sin mirar el móvil porque no necesitas contarle a nadie dónde estás.
Ahí es cuando deja de ser un reto y empieza a ser un viaje.

Viajar sola a Tailandia me devolvió una mirada de mí misma que había perdido en la rutina. Volví a sentirme atractiva, libre y, sobre todo, capaz.
AnabelViajar sola te da una especie de brillo en la piel y en la mirada que no te da ningún cosmético del mundo. Es la luz de saberte dueña de tus propios pasos.
LucíaCreía que iba a pasarme el viaje mirando el móvil para no parecer sola. Al segundo día me di cuenta de que a nadie le importaba, y de que estar sola disfrutando de un atardecer era el mayor privilegio del mundo.
LauraMi primer viaje sola
Y ahora la parte que podría haberme callado.
La primera vez que viajé sola al extranjero salí de casa nerviosa pero genial. Con ganas. Convencida. Hasta que cogí el avión.
Los primeros días fueron de pánico. La sensación de que te han dejado en un punto del mapa fuera de tu zona de confort y no sabes por dónde se sale.
Lo cuento porque si te pasa quiero que sepas que no eres tú, que no has fracasado, y que a mí —que había subido montañas y me había ido sola al mar abierto— me pasó igual.
Con gente. Con seguridad. Necesito compartir, necesito reírme con alguien. Si se hace de otra manera, la experiencia deja de ser solitaria y pasa a ser maravillosa.

Viajar sola no es lo mismo que viajar en solitario
Aquí está la distinción que a mí me costó un viaje entero entender. Y es la que convierte un «algún día» en una fecha concreta.
Viajar sola
La decisión es tuya. No dependes del calendario de nadie, ni de sus gustos, ni de su presupuesto, ni de que a tu amiga le venga bien en marzo.

Viajar en solitario
Significa además estar sola las veinticuatro horas, resolviéndolo todo tú. Cenar sola catorce noches. Resolver un problema de tren a las once en un idioma que no hablas.
Se puede hacer lo primero sin lo segundo.
Hay mujeres que necesitan irse del todo solas y encuentran exactamente lo que buscaban. Me parece admirable, y para ellas este artículo termina aquí.
Y hay otras —yo entre ellas— que quieren la libertad de decidir por sí mismas, pero no quieren cargar con la logística ni dormir la primera noche sin saber dónde están.
Las dos formas son viajar sola. La segunda es la que organizamos nosotros. No es mejor: es distinta.
Apuntarme sola a un grupo reducido fue la mejor decisión. Tenía mi espacio cuando lo necesitaba, pero compartí risas y cenas con personas que se convirtieron en amigos de por vida.
MartaDiez días que valen por un año
Hay algo que ocurre cuando un grupo pequeño comparte catorce días fuera de casa y que no se puede forzar ni programar.
Gente que no se conocía de nada acaba despidiéndose en un aeropuerto como si llevara media vida junta. Y esa es, casi siempre, la parte que nadie esperaba del viaje.

No vuelves de Asia siendo otra persona.Vuelves conociendo mejor a la que ya eras.
Si estás pensándolo
Si has llegado hasta aquí, es que llevas tiempo dándole vueltas.
No hace falta que decidas hoy si te vas del todo sola, con un grupo o con una amiga. Solo hace falta que dejes de tratarlo como una fantasía y empieces a tratarlo como una posibilidad.
Mira fechas. Mira precios. Habla con alguien que haya ido. Lo demás viene solo.
Yo tardé años en subir a una montaña, más en alejarme de la orilla y un viaje entero en entender cómo quería viajar. No pasa nada por tardar. Pasa por no empezar.

Vas sola.
No estás sola.
Grupos de máximo trece personas. Todo resuelto. Tú decides, nosotros nos ocupamos del resto.
La guía, gratis
Todo lo que conviene saber antes de decidir.

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El Atlas Interior y los viajes que organizamos.
Empecé subiendo montañas que no creía poder terminar y acabé montando una agencia de viajes. Por el camino aprendí que el miedo no se vence: se transforma. Y que hay más de una forma de viajar sola.